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Calle Vegazo nº 2

(Página: 1/9)


AL AIRE DE MIS RECUERDOS”

Guillermo Martín Rodríguez 

 

AYER

Calle  de   Vegazo  nº  2

HOY

PUERTO  CASTILLA

(ÁVILA)


I. El Nombre

La calle de Vegazo, la de Puerto Castilla claro, es para mí una de esas calles con personalidad, con raigambre, con solera. Yo la veo así por dos razones fundamentales: la primera porque es la calle en que nací. Este hecho encierra unas resonancias especiales, un significado particular. En ella se encontraba la casa –hoy reconstruida desde los cimientos- en que nacimos mi hermana Teresita, mi hermano Pedro y yo. Los tres en la misma habitación, la salilla; los tres en la misma cama. Y en la misma cama murieron mi hermana –1941-, cuando tenía año y medio, y pocos años después, en 1946, cuando yo tenía 8 años menos cuatro días, murió también mi padre, a la edad de 42 años. Pero éste no es el momento de hablar de ello. Ya encontraremos otro lugar más adecuado en el que poder recordar estas vivencias, bastante dramáticas, que acaecieron en los comienzos de mi existencia y cuando mi vida empezaba a abrirse a un futuro que, no por incierto y lejano en aquel entonces, dejaba de ser esperanzador y lleno de alentadoras ilusiones.
La segunda razón por la que esta calle es en sí misma importante se apoya en el hecho de que tiene un nombre propio de persona: Vegazo, un apellido que pertenece a alguien, persona o familia. Pero vayamos por partes.

Calle de Vegazo nº 2. Este es el número que tenía mi casa, pintado en negro, un poco desvaído, a la derecha de la puerta de la calle, en la parte alta. La verdad es que no sé si corresponde a ese número o no. Dieron de cemento toda la portada, hasta la altura del dintel de la puerta; y no sé si fue a tío Santiago Cañales, que hizo la obra, según supe después, a quien le vino la idea de poner el número, o quién fue el que la tuvo. El hecho es que allí estaba porque a alguien se le ocurrió. Tal vez fuera mi padre.
Si la calle de Vegazo empieza a contar desde el Corralillo, como sería lo más normal, el número que correspondería a mi casa era ese, el 2, pues los pares están en la acera de la derecha y los impares en la de la izquierda. Desde el Corralillo no hay ninguna puerta de entrada a una casa de vivienda, pues, aunque los Malhenos tenían una puertecilla que daba a la calle de Vegazo, con su correspondiente lancha de piedra sobre la regadera y que hacía de puentecillo, como el de mi casa, dicha puerta correspondía a una cuadra, que comunicaba luego con la vivienda. Este tipo de puertas no era considerado numerable a efectos de dirección postal, para dejar la correspondencia, por ejemplo, o para ponerla como dirección en documentos o papeles oficiales. También es verdad que hay Por otra parte, para tío Ángel Pintado, el cartero del pueblo, no era necesario que las puertas de las casas tuvieran números pues conocía perfectamente a todas las personas del pueblo. La entrada de la casa de tío Quico estaba, dando la vuelta a la esquina, a la derecha, en la calle que empezaba allí y llegaba hasta la casa de tío Isaac Monta. Por tanto, siguiendo hacia delante la primera casa, cuya entrada daba a la calle de Vegazo era la nuestra. En ese caso el número que le correspondía era precisamente el 2.
Puede ocurrir también, como sucede en las calles de la Roma antigua, que la numeración de las puertas de las casas son números sucesivos, empezando por la acera de la derecha y terminando por el final de la de la izquierda, de tal manera que el  número 1 de la calle y el último están uno de frente al otro, más o menos, según la estructura de la calle. Por ejemplo, una calle con 127 puertas tendría los números 1 y 127 uno frente al otro. En este caso, al menos aquí, en Roma, se cuenta todo tipo de puerta que se abre a la calle, aunque sea secundaria, como es, en el caso de la Calle de Vegazo, la puerta de la casa de los Malhenos y la puerta de la casilla de tío Víctor el de tía Justa. Esto nos lleva a la conclusión de que el número que corresponde a la puerta de mi casa es siempre el número 2.

He querido hacer alusión al número de la casa porque no era corriente encontrar numeración alguna en las puertas de las casas, al menos yo no recuerdo haberlos visto en las que me eran más familiares, como la de mi tía Magdalena, la de mi tío Tomás, la de mi tía Carmen y las de los vecinos. Y eso era para mi mentalidad infantil algo que me llenaba de satisfacción cuando en un corro de muchachos, en el Corralillo o en el patio de las escuelas, se hablaba y cada uno decía algo que se consideraba motivo de orgullo, y tener un número en la puerta de la casa para mí lo era. Por lo menos era algo de lo que podía enorgullecerme ante los demás muchachos cuando, al atardecer, nos reuníamos en los sifones del corralillo a decir cosas, a conversar, como hacían los grandes.

Permitidme que, haciendo un breve alto en el camino, hable de la que fue nuestra casa, la de mis padres, y la describa sin descender excesivamente a detalles, a la vez que evoco algunos episodios vividos de puertas adentro. Era, ante todo, una casa humilde como la mayoría de las casas del pueblo, y como la mayoría también, estaba formada por dos pisos: el situado a ras de tierra, o piso de abajo, y el de arriba, y luego un desván.

Recordando el lugar donde se encontraba nuestra casa y su aspecto exterior, se agolpan en mi mente recuerdos a racimos.  Lo primero que me viene a la mente es la fachada, constituida por una ventanilla con dos postigos, correspondiente a la salilla, que era alcoba y, sobre todo, salita de estar, situada a la derecha de la puerta de la calle. Encima de ella había un balconcillo de madera que no sobresalía de la pared de la fachada, por lo que no servía para estar en él, sino sólo para asomarse. Este balcón correspondía a su vez a la sala, que era la habitación más amplia de la casa y estaba formada por dos alcobas pequeñas, justo para una cama camita cada una y la sala en sí. Esta tenía una mesa con unas sillas, colocadas a un lado de la sala mientras que al otro lado había otra cama, en la que solía dormir algún familiar que llegaba de fuera. Este familiar solía ser, concretamente, mi tío Inocencio, hermano de mi padre, que vivía Navaconcejo, o de Tornavacas, la familia de tía Militina, madrina de mi padre. Era la  madre de Alejo, el sacristán de aquel pueblo.
A la izquierda de la ventanilla de abajo se encontraba la puerta de la calle, hecha de madera, tosca, resistente, maciza, dividida en dos partes. La mitad superior era el llamado portón, que podía quedar abierto para que entrara la luz en el portal; en realidad constituía una ventana que formaba parte de la misma puerta, mientras que la mitad inferior, denominada puerta, podía quedar cerrada, a veces incluso con la tranca echada. Para entrar en el portal de mi casa había que descender un pequeño escalón de piedra. El piso estaba hecho de rollos y un par de lanchas o tres de piedra lisa, diversas entre sí en espesor, color y grandeza, que cubrían el centro. La anchura del portal no creo que superara los dos metros y medio, tal vez ni eso, por unos tres de largo.
           
Cuando eres niño todo te parece muy grande, pero luego, cuando eres grande, las dimensiones se ajustan ya más a la realidad. Y si pasas mucho tiempo sin ver esos lugares, en especial las habitaciones, e incluso las casas, la impresión que te dan es de que son incluso más bien pequeñas. Esta percepción de empequeñecimiento deriva del hecho de vivir en una ciudad, donde las casas son siempre de cuatro o más pisos, colocándote en una dimensión arquitectónica más elevada, tanto de casas como de puertas, balcones y ventanas. Es, pues, algo muy normal en toda persona que ha vivido sus años infantiles en un pueblo y luego, vuelve a visitarlo, después de vivir años en una ciudad.

En la pared de enfrente, es decir la opuesta a la de entrada, había dos puertas. La de la izquierda daba a las escaleras que llevaban al piso de arriba. Esta puerta se abría lógicamente hacia el portal y hacia la pared de la izquierda. En esa zona, en el rincón que quedaba detrás de la puerta al abrirse, el piso era de baldosas de barro y allí estaba el barril, en verano siempre lleno de agua fresca. Al lado del barril había también un cántaro de barro o de lata para traer el agua de la fuente hasta llenar la tinaja que se encontraba en la cocina.
La tinaja es un recipiente grande de barro cocido, que se conocía ya en la época fenicia y romana. Y a lo largo de los muchos siglos ha cambiado muy poco su estructura, por no decir que ha quedado prácticamente igual. El Diccionario de Autoridades la define así: “Vasija grande de barro cocido, y algunas veces vidriado: desde el asiento va siendo más ancha, y capaz, y forma una como barriga hasta el gollete, o cuello, que es más angosto”. Era muy usada por los romanos para llevar aceite y vino desde España, en especial desde la Bética (Andalucía). Precisamente el Monte Testacho, de Roma, muy cercano a lo que era el puerto del Tíber, que era navegable en aquella época desde Ostia hasta Roma, es un montecillo que se fue elevando poco a poco por la acumulación de los cascajos de las tinajas o ánforas, que una vez vaciado su contenido, se rompían y se depositaban allí ya hechas pedazos.
La tinaja era una especie de ánfora grande que, como el barril, mantenía también el agua muy fresca. En invierno llegaba a helarse y para cogerla con la jarrilla de porcelana o de aluminio, para lavarse o para la comida, había que romper el hielo. Pero hablemos un poco del barril.
En realidad ¿qué es un barril y cuáles son esas características peculiares que le hacían tan necesario, tan imprescindible en verano?
El barril es un recipiente de barro cocido que se usa para contener y refrescar agua. Tiene una base redonda y un vientre abultado. En la parte superior, abombada o redondeada, se encuentra el asa. A un lado del asa se encuentra la boca por la que se le llena de agua, mientras que en el lado opuesto se halla el pitorro por el que sale el chorro de agua cuando se le empina con la intención de beber, a galro, claro está.
La característica del barril es muy simple. Se basa en la refrigeración del agua por evaporación. El barril está fabricado con un material muy poroso. El agua del interior se filtra por los poros de la arcilla y en contacto con el ambiente seco del exterior, característico del clima mediterráneo, especialmente en verano, se evapora. Pero para pasar al estado gaseoso el agua necesita energía. Esta energía (calor) no sólo la toma del ambiente externo sino también del líquido que se encuentra en el interior del barril. De esta forma desciende su temperatura.
Este mismo sistema, con su efecto correspondiente se percibe, por ejemplo, cuando se riegan las calles en verano para refrescar el ambiente, cuando nos ponemos una compresa mojada en la frente para disminuir la fiebre; y también cuando sudamos: al evaporarse el sudor se refrigera nuestro cuerpo. Todos sabemos que el agua es un voraz consumidor de calor, de ahí que sea un refrigerante muy eficaz.

Conviene no perder de vista que la palabra barril se usa en la zona extremeña fundamentalmente, y en la nuestra, claro, que limita con Extremadura, mientras que en la mayor parte de España el nombre con el que se  conoce es el de botijo. En Villena, Alicante, hay un famoso Museo del Botijo, de unas 1.000 piezas; otro Museo es el de Toral de los Guzmanes (León), que supera las 3.000 piezas.
El botijo es lo que en nuestra tierra y en los pueblos extremeños del Valle del Jerte, entendemos por barril, mientras que el barril es, en el resto de España, salvo algunas excepciones, un recipiente cilíndrico, hueco, de madera, que sirve para almacenar tanto elementos líquidos como sólidos. Hemos de decir que botijo y barril sólo pueden considerarse sinónimos en el Aravalle, parte de Extremadura y poco más. En el resto de España, no lo son. En realidad son dos recipientes diversos en forma y aplicaciones de uso práctico. Nuestro botijo o barril está hecho de barro por un alfarero, mientras que lo que en el resto de España denominan barril, llamado también barrica o tonel, está hecho de madera, en forma de cubeta o cuba pequeña, y lo construye un carpintero o un especialista barrilero.

Era maravilloso llegar acalorado de la calle, a veces sudando, y encontrarse con ese chorro de agua casi helada. Todos bebíamos del barril, pero nadie chupaba del pitorrillo. Sólo les estaba permitido a los niños pequeños. No obstante, a medida que íbamos creciendo, nos esforzábamos mucho en aprender a sostener el botijo y a empinarlo para beber a “galro”, como los grandes. Era una de esas pruebas que te iban abriendo paso hacia el mundo de los adultos, en el que ibas entrando poco a poco, por pequeñas etapas.

-“¡Ya sé beber a galro!”, decíamos cuando ya estábamos seguros de poderlo hacer sin derramar el agua. Las niñas, a  decir verdad, no entraban en esta especie de competición o desafío que los niños hacían consigo mismos. Beber a galro no era considerado muy femenino, que digamos. Era cosa de chicos o de hombres. Esta forma de beber, que se extendía también al porrón y a la bota de vino, los cuales quedaban fuera del alcance de los niños, como es natural, no era una cosa fácil. Había que coordinar varias acciones a la vez: levantar el barril lleno de agua con las dos manos, colocar el pitorrillo a una distancia de al menos quince o veinte centímetros de la boca, empinar el barril y hacer caer el chorro dentro de ella.
Esto era otra cosa bastante complicada, pues había que tener mucha puntería para conseguir que el chorro de agua cayera directamente en la boca desde el primer momento y no en las mejillas, en la nariz, en el cuello, en el pecho o directamente en el suelo. El peso del barril lleno de agua colabora muy poco a la hora de conseguir una buena puntería, sobre todo en un niño, para quien el barril resulta pesado, claro. Además hay que conjugar una serie de movimientos un tanto complicados, como cerrar la garganta cuando cae el agua dentro de la boca, almacenarla en ella sin derramarla fuera, luego abrirla y tragar sin interrumpir el chorro de agua, ni atragantarse o dejarla caer fuera de la boca.
Se trataba, pues, de una sucesión de movimientos y de acciones que acababan siendo muy mecánicos, casi instintivos, pero que tienen su aprendizaje, lento y laborioso. “La ciencia estaba” (frase que usábamos con frecuencia cuando se trataba de algo que requería habilidad e ingenio) en saber coordinar esa sucesión de movimientos de tal manera que se consiguiera el efecto deseado, que era el de beber a galro y saciar la sed sin dejar caer, si es posible, ni una sola gota de agua al suelo.  Cuando ya se bebía a galro, y se hacía con una cierta facilidad, los chavales, delante de los que estaban aprendiendo, solíamos decir: “eso no tiene ciencia”, indicando con esa frase dos cosas: La primera que eras capaz de sostener un barril lleno de agua por encima de la cabeza y beber sin derramar el agua, ni mojarte. Y la segunda que  ya habías dado un paso más en la escala que, poco a poco, te iba adentrando en el mundo de los grandes, de aquellos que eran capaces ya de hacerlo todo, o casi todo, meta que ambicionábamos alcanzar, ya que lo que todos queríamos era  “ser grandes”.

La palabra “galro”, vocablo extraño como puede notarse, es una de esas palabras que no aparece en ningún diccionario y que su dificultad tanto de pronunciación como de memorización, hace que se mantenga en un ámbito más bien reducido de personas o de territorio. No obstante, hay que decir que esta palabra y con un significado muy parecido: “Chorro de líquido que se toma de un solo trago del piporro (porrón), la bota o el barril”, es usada en un pueblo de Cáceres llamado Torrecillas de la Tiesa, situado entre el Parque Natural de Monfragüe y Trujillo. Esa era la zona donde llevaba mi abuelo Pepe las ovejas y las cabras durante la transhumancia. Y dado que mi abuelo no era el único, ni mucho menos,  que realizaba este trasiego de ganado, de ida y vuelta, de nuestro pueblo a Extremadura -y muchos paisanos nuestros lo habían hecho en épocas o siglos anteriores-, las posibles influencias lingüísticas y culturales en general podían tener lugar, entre otros modos, a través de la transhumancia. No olvidemos que la estancia de los ganados de Castilla en las dehesas extremeñas duraba al menos unos 5 ó 6 meses. Era una temporada larga durante la cual existían relaciones sociales entre castellanos y extremeños aunque, éstas no fueran muy intensas, ya que los transhumantes solían estar en zonas despobladas, en las dehesas, fuera de los centros habitados. Pero no olvidemos tampoco nuestra proximidad, codo con codo, a la provincia de Cáceres.

Ved este otro texto referido también, en este caso, al botijo:

 “Este instrumento para beber es sin embargo difícil de transportar y suele permanecer en el mismo sitio. La gente se acerca, lo levanta, lo inclina y bebe. Hay que beber a “galro”, es decir, tragar a la vez que cae el chorro en la boca y no es fácil”.

Lo he encontrado en un blog, en internet, claro. En él, escrito de forma extraña, elemental, diría yo, se trata un poco de todo. Parece un cajón de sastre: arte, botijos, cuadros, bocetos, dibujos, novela negra, pintura. La palabra arte es la que parece ser el hilo que une todo este entramado, aderezado además con unos comentarios bastante estrafalarios e incongruentes en muchos casos. Pero bueno, eso nos interesa menos, lo importante es el texto que he transcrito más arriba, en el que de alguna manera se define la palabra “galro”, que es la que nos ocupa; y lo hace en el mismo sentido en que entendemos esta palabra tanto en Torrecillas de la Tiesa como en nuestro pueblo. Este blog habla, en concreto, de una exposición de botijos artísticos – muy poco prácticos, a juzgar por las fotos - que tuvo lugar en Madrid, en la Casa de los Jacintos, del 12 de enero al 2 de febrero del 2007.

En Malpartida de Plasencia definen de esta manera la palabra “galro”: “Forma de beber a chorro con el barril”. Prácticamente es igual a como la entendemos nosotros.

Es posible, a mi modo de ver, que tenga algo que ver con el sonido que  hace  el  agua  al pasar  por  la  garganta,  el  tragadero,   el  gaznate, o, como dice Covarrubias, el gargareón, el gargomello. Esta zona del cuerpo recibe también el nombre de “gargüero” o “garguero”. Ésta palabra sí que viene en el diccionario: parte superior de la tráquea. A este mismo campo semántico pertenece también la palabra “gárgara”: “hacer gárgaras”, acto que se realiza con un líquido y que produce un sonido inconfundible.
En una palabra, “galro” puede muy bien ser una palabra onomatopéyica, ya que reproduce, en cierto modo, el sonido de la acción que con ella se denomina. El chorro de agua al caer desde el barril en la boca y desde una cierta distancia produce un sonido particular que se acentúa al  ser la boca una cavidad casi cerrada; a este sonido se añade el correspondiente a la acción de tragar. Los niños aprendíamos también a evitar, en lo posible, estos ruidos ya que eran considerados propios de personas poco educadas.

Pero volvamos, sin más dilaciones, al portal de mi casa. Como decía más arriba, la pared que se encontraba frente a la puerta de casa, tenía dos puertas. Pues bien, la puerta de la derecha daba acceso al cuarto trastero en el que había de todo, desde herramientas agrícolas hasta una nasa para el pan, una tinaja para el aceite, e incluso una lanza, que había sido de mi abuelo Pepe y que usó mi padre alguna vez cuando se hacían las batidas de lobos en la sierra. Esta lanza tenía cubierta o protegida la punta con una especie de pequeño capuchón de cuero para impedir que uno se pinchase, en especial los niños curiosos y traviesos, como era mi caso. El cuarto trastero servía también para almacenar patatas, un montoncillo suficientemente grande como para asegurar su consumo diario sin tener que ir a menudo a la hoya a sacarlas. Pero tampoco muy grande para no ocupar excesivo espacio y que uno se pudiera mover con facilidad o incluso poder colocar otros productos como manzanas, castañas, algún saco de alubias, etc. No recibía más luz que la que entraba por la puerta de casa. Por eso había que usar casi siempre el candil. No faltaban en este cuarto huéspedes indeseables: los ratones. Yo me divertía, a la vez que ponía todo mi empeño y esfuerzo en preparar un cepo, con la intención de acabar con ellos y no oír más sus carreras y sus agudos chillidos. Pero raras veces atrapaba alguno. Y es que, como he dicho, el cepo me lo construía yo mismo, y, la verdad, no debía ser muy adecuado. La gata era mucho más eficaz. Por eso solíamos dejar la puerta del cuarto entreabierta, para que entrara y se divirtiera con ellos, cosa que hacía con una cierta frecuencia, consiguiendo evitar que los ratones dieran al traste con las reservas de comestibles que allí se almacenaban.

Por cierto, la gata a que me refiero era muy bonita. Tenía el pelo con manchas blancas y canela. Pero no es esto lo que quiero destacar ahora, cómo llegó a mi casa esa gata. Fue de esta manera. Era una tarde de domingo de finales de septiembre, pues recuerdo que los muchachos de mi pandilla llegamos hasta el Ventorro Zamarro y se notaban preparativos para la feria de San Miguel. Después de estar por allí un rato nos veníamos ya para casa y al pasar de nuevo por el puente de San Julián, algunos de nosotros nos apoyamos en las barandillas del puente y mirábamos hacia abajo, hacia el agua.

Como suele suceder, alguien dijo: “¿Bajamos?”. “¡Vamos!”, respondimos a coro. Y empezamos a descender. Llegados al regajillo que había casi al nivel del agua, empezamos a oír unos maullidos apagados como de gato pequeño, débil y hambriento. Medio escondido entre unas hierbas altas, fuera del alcance del agua, se encontraba  el pobrecillo, pequeño, indefenso. Yo fui el primero en verlo y en cogerlo. Y todos seguíamos la norma, siempre aceptada y nunca discutida, de que el primero que veía una cosa tenía prioridad sobre ella. Por eso, con el gato en mis brazos dije: “Me le llevo a mi casa”. En ese momento ni recordé siquiera que no teníamos gato, pues un buen día, hacía ya algunos meses, el que teníamos había desaparecido y nunca más se supo de él. Al pensar qué diría mi madre, viendo que llevaba un gato a casa, fue cuando me di cuenta de que no teníamos. Ella había notado que los ratones empezaban a dejarse sentir más de la cuenta. Los delataban sus cagadas y las carreras que cada noche se echaban por el desván. “A ver si alguna vecina tiene una gata con cría, para que nos dé un gatillo”, recuerdo que había dicho mi madre. Y mira por dónde se me presentó a mí la ocasión sin buscarla.

Ya más tranquilo, sabiendo que mi madre aceptaría al animalito con alegría, lo que yo deseaba era llegar cuanto antes a casa para darle la noticia a mi madre. Fidel –recuerdo perfectamente que fue él- me dijo: “¿Quieres que veamos si es macho o hembra?”. Y sin esperar mi respuesta, dando por descontado que era afirmativa, cogió el rabo del animalillo, mientras yo lo tenía en brazos, lo levantó y dijo, serio y sentenciosamente, con una sonrisa pícara que contagió a los demás: “¡Es hembra!”. Todos sabíamos que era debajo del rabo donde había que mirar y todos sabíamos también qué era lo que distinguía al macho de la hembra.

Caminando cuesta arriba y satisfechos con el encuentro de la gatita, sobre todo yo, llegamos al pueblo. Mi madre, como me suponía, se puso muy contenta y me dijo que me ocupara de darle algo de comer pues se veía que tenía hambre. En un cuenquillo de barro le eché un poco de leche de la que dio cuenta en pocos minutos. Relamiéndose y mirándome agradecida, la gata entró a formar parte de la familia, pero cada uno en su sitio, claro. Su objetivo, cuando creciera un poco, eran los ratones, tarea que, a decir verdad, cumplió fielmente mientras vivió.

Al final de la pared de la derecha del portal -y seguimos con la descripción de mi casa- se encontraba la puerta de la salilla, que era cuarto de estar y donde, separada por unas cortinas, en una alcoba, se encontraba la cama de mis padres. Desde que murió mi padre, aunque en el piso de arriba teníamos otras dos camas, en ella dormíamos los tres: mi madre, mi hermano Pedrito y yo.
Debo decir que, cuando murió mi padre, el 17 de marzo de 1946, mi hermano no había cumplido aún los tres años, pues había nacido el 8 de diciembre de 1943. A mí, en cambio, me faltaban algunos días, cuatro exactamente, para cumplir los ocho años.

El invierno era largo y muy frío. Los silbidos del viento entre las vigas y a través de las rendijas de las puertas y, por qué no decirlo, las carreras de los ratones perseguidos por el gato en el desván, llenaban de miedo y de fantasmas nocturnos mi mente infantil. La salilla era una habitación en la que tenía lugar todo aquello que formaba parte de las relaciones entre mi madre, mi hermano y yo. El otro lugar era la cocina, en la que desayunábamos, comíamos y cenábamos. La falta de mi padre se notaba en todo. Era un hombre alegre, buen conversador, bromista, trabajador. Tenía un camión con su hermano Antonio, que vivía en el Barrio del Medio. Iban y venían a Extremadura, sobre todo, llevando y trayendo mercancías con el camión. Pero eran tiempos malos aquellos. Había terminado la guerra hacía pocos años y las restricciones de intercambios de mercancías y de productos alimenticios eran enormes.

            La salilla tenía una ventana que daba a la calle, abierta en la fachada de la casa. La ventana se levantaba muy poco sobre el suelo de la calle, pues nuestra casa quedaba un poco por debajo del nivel de la misma. No tenía rejas ni nada parecido. No había necesidad. El respeto por los demás y por sus cosas era algo sagrado. Hasta la puerta de la calle quedaba sin cerrar con llave. No se tenía temor a nada ni a nadie. De hecho nunca ocurrió nada. La tranquilidad y la seguridad de que nada podía ocurrir era total. Más bien al contrario, todos los vecinos se consideraban autorizados a defender las cosas de los demás como si fueran propias. La solidaridad en todos los sentidos era algo muy practicado entre todos, incluso entre aquellas familias que, como se decía, “se llevaban mal”. Ante una necesidad o una urgencia los rencores desaparecían durante el tiempo que duraba la actividad solidaria, como podía ser un incendio, levantar un carro que había volcado, cargado de heno o de cualquier otra cosa, quitar la nieve para permitir que alguien saliera de casa, y cosas así; incluso situaciones menos dramáticas pero no menos importantes y necesarias para el que tiene la necesidad.

            En la salilla todo era bastante pequeño, pero el espacio daba lugar para que cupiera una mesa camilla, con caja para el brasero, varias sillas, la máquina de coser de mi madre y un armario, formado por dos piezas independientes entre sí, pero hechas para estar una encima de la otra. En la parte superior había dos cristaleras que dejaban ver vasos, tazas y cosas así. Entre ellas había un espacio, una especie de hornacina abierta en la que mi padre puso a la Virgen de la familia que le tocó a él de sus padres, mis abuelos Pedro y Teresa. La  imagen,  una  talla  de  madera  policromada –aunque muy retocada con barniz por mi abuela, hasta el punto de ocultar casi por completo la policromía- era de finales del siglo XV, según me ha explicado un famoso perito y restaurador romano. Mide sesenta centímetros de alta, más doce centímetros de peana.
El armario fue comprado por mi padre en la época en que nació mi hermana, años 1940-41. Hasta entonces la imagen de la Virgen, que tiene en los brazos al Niño Jesús, desnudo,  con  una  bola  en la mano izquierda -posible imagen de la Virgen del Rosario- había sido colocada en diversos lugares, hasta encima de la máquina de coser de mi madre. A partir de ese momento fue colocada en el centro del armario.

Todavía tengo fresca en la memoria la escena en que, habiendo bajado mi madre la imagen para limpiarla, mi tía Carmen, que vivía con nosotros, pues aún no se había casado, cogió a la niña, Teresita, y la puso de pie, sosteniéndola con sus manos, en la hornacina.

- “Fíjate, Justa, es tan alta como la Virgen”, decía mi tía.

Mi madre levantó la cabeza y su reacción fue inmediata. Le parecía que se cometía un desmán un sacrilegio o algo así, colocando a la niña en el lugar destinado a la Virgen.

           - “¡Carmen! le dijo ¡Quita a la niña de ahí! Eso no se hace. Ese es el sitio de la Virgen. Y a ver si te la vas a dejar caer. Podría ser un castigo de Dios”! 

            -  “¡Qué cosas tienes”! respondió mi tía Carmen. “¡Cómo la va a castigar Dios por eso; al contrario, ponerla aquí es como una bendición. En todo caso me castigaría a mí por ponerla y no a la niña”.

          - “Sí, puede que tengas razón. Pero de todas formas es mejor que la quites y la metas en el cajón”, insistió mi madre.

- “Bueno, no te enfades”, dijo mi tía, concluyendo el diálogo, mientras cogía en brazos a Teresita, que comenzaba a dar muestras de irritación y lloraba ya de forma escandalosa, ya que lo más seguro era que no se encontrara muy a gusto en aquella hornacina, angosta e incómoda.

La mitad superior del armario se apoyaba en la parte baja del mismo, constituida por una especie de cómoda con dos cajones en la parte superior para servilletas y cubiertos y una cavidad inferior con dos puertecillas que ocultaban un espacio dividido a su vez en dos por una tabla horizontal. Allí se colocaban platos, bandejas de varios tipos que se llenaban de perrunillas y mantecados cuando llegaba la fiesta del pueblo, que entonces se celebraba el 8 de septiembre, chocolate, frutas secas, como higos, pasas y cosas así… Era una especie de pequeño almacén o alacena, muy ordenado y limpio.

En el portal y adosados a las paredes laterales había un banco largo a cada lado. El de la derecha no tenía respaldo, mientras que el de la izquierda sí que lo tenía. Esos bancos y alguna silla eran residuos de los muebles que habíamos tenido en la taberna del pueblo, con la que mi padre se quedó  un par de años.  Cada año se subastaba y el que pujaba más alto se quedaba con ella. En su momento hablaré de esos dos años pasados en el Corralillo, en esa casa que era del pueblo y que después, arreglada y acondicionada, pasó a ser cuartel de la Guardia Civil, cuando, después que los maquis mataran en Gil García a tío Tomás “Camisas”, pusieron en mi pueblo un destacamento de la Benemérita. Luego se convirtió en vivienda para el maestro del pueblo. Si no recuerdo mal, vivimos en ella los años 1943 y 1944. Luego enfermó mi padre y al terminar el año de duración al que hacía referencia la subasta, que creo era después de las fiestas del pueblo, es decir a finales de septiembre, nos volvimos a la casa de la calle Vegazo, que era la nuestra y, por ende, nuestra vivienda habitual.

Volviendo a los bancos del portal de mi casa, el de la derecha estaba apoyado sobre una especie de cinta de cemento liso de unos 30 centímetros de ancha, y larga como la pared, más o menos. El otro banco, el de la izquierda, tuvo menos suerte y se apoyaba en rollos y en algunos ladrillos colocados también a lo largo de esa pared, que era medianera con la casa de tía Robustiana y de su hijo, Juan “Tajás”. Pero el banco no bailaba, sino que quedaba bien apoyado en el suelo a pesar de los rollos.

El techo del portal era de madera, claro, como todas las casas del pueblo, por lo general. Tenía una viga a la izquierda, colocada a lo largo de esa misma pared, sobre la que apoyaban los cuartones que sostenían el piso de arriba. La viga lateral fue siempre para mí un punto de atracción muy fuerte, debido a las cestas que colgaban de unas puntas clavadas en ella y que solían contener, según la época del año, frutas de diversas clases. Las que más me atraían, dado que no se daban en mi pueblo, eran los higos, las uvas, los melocotones y frutas así, que solían traer los del Valle, en especial los vendedores ambulantes de Tornavacas y Jerte. A veces venían también de Cabezuela y Navaconcejo y con menos frecuencia del Piornal y de la Vera.

Esas cestas eran una tentación irresistible para mí y al mismo tiempo un misterio, ya que, en muchas ocasiones no sabía lo que había dentro, aunque lo sospechaba. Pero lo dramático, a mis 3 ó 4  años, era que no podía alcanzarlas ni aun subiéndome al banco y estirándome bien. Esto llevaba consigo el riesgo de perder el equilibrio y caer al suelo empedrado del portal, con la posibilidad de que me hiciera daño e incluso alguna herida. He de confesar que cada vez que podía, que era cuando no había nadie en casa, sobre todo mi tía Carmen, que era la que más entraba y salía, me subía al banco, me ponía de puntillas y estiraba los brazos hacia arriba a ver si llegaba a las cestas. No había nada que hacer, a pesar de que intentaba poner los pies en lo alto del respaldo del banco... Pero desistí de hacerlo porque no era capaz de mantenerme de pie sobre él. Y esta imposibilidad duró, claro, mucho tiempo todavía. 

Pero una de estas ocasiones tuvo un final verdaderamente infeliz, convirtiéndose en algo más que un simple y desastroso fracaso. Fue un momento en el que creí que no había nadie en casa y, todo contento, me dispuse a descolgar una cesta en la que había visto meter unas cerezas muy ricas que nos había traído mi tío Inocencio de Navaconcejo -ya las había probado- y tenía ganas de ellas, pues me gustaban mucho. Lo cierto es que la fruta, todo tipo de fruta, me ha gustado siempre mucho. Muy decidido me subí al banco y empecé a estirar los brazos para alcanzar la cesta. La verdad es que la tocaba un poquito pero imposible alcanzarla y menos cogerla por el asa. Cuando yo estaba en el momento más esperanzado, pensando que tocando la base de la cesta, ésta ya era mía y que podía cogerla, llegó mi tía y con ella... “todo mi gozo en un pozo”. No sé de dónde salió. Es probable que estuviera haciendo algo en la salilla y yo no lo sabía. Por otra parte, yo estaba tan ensimismado en alcanzar la cesta que, si entró de la calle, ni me di cuenta ya que la puerta estaba abierta, como casi siempre durante el día, a no ser que lloviera. El hecho es que sentí un cachete en la mano con la que estaba casi tocando la cesta. Todavía recuerdo el dolor, pero sobre todo la rabia que me produjo. “¿Qué estás haciendo?  ¡Baja de ahí ahora mismo!” me dijo gritando; y, cogiéndome en brazos, me dejó caer de pie en el suelo de una manera tan excesivamente enérgica, que di con mi trasero en el suelo haciéndome daño.

Pero, por lo que recuerdo, creo que me dolió más la herida causada en mi orgullo y la frustración de no conseguir aquello que ya me parecía haber alcanzado que el culetazo que me di. Tal vez le entró miedo a mi tía de que me hubiera podido ocurrir algo en su ausencia. Fue tal la rabia que me dio al verme sentado en el suelo, dolorido y sin haber podido conseguir lo que me proponía que me puse cianótico, quedándome sin respiración. Tía Carmen, al verme en ese estado, pensó que algo muy grave me estaba sucediendo. Me cogió en brazos sin saber qué hacer. En ese momento entró mi madre y al ver a mi tía Carmen y a mí en sus brazos, morado y sin respirar, se puso a darme bofetadas hasta que arranqué a llorar. Parece ser que es el remedio más rápido para conseguir un efecto positivo, la respiración, aunque al mismo tiempo sea bastante violento. De esa manera recuperé el color.

Por lo que supe después, eso ya me había ocurrido alguna vez más. Mi carácter indómito y fuerte me provocaba este tipo de cosas, entre otras, como tendré ocasión de exponer. Parece ser, por lo que me dijeron años después mi madre y mi tía Carmen, que su hija Mari, mi prima, le ocurría lo mismo y que algunas veces se quedó también cianótica, más por rabia e impotencia que por otra cosa. La verdad es que mi prima y yo nos parecemos mucho, incluso en los pataleos y berrinches. Como diría mi madre: “Bien haya quien a los suyos se parece”. Pero lo más importante en aquel momento fue que conseguí, al fin y al cabo, lo que lo que me proponía: comer cerezas. También es cierto que me hubiera gustado más conseguirlas de manera furtiva y arriesgada, tal como lo había planeado. Ciertamente no me pasaba por la mente que mi escasa estatura y mis limitadas fuerzas físicas no respondían a mis deseos de hacer cosas que sólo los grandes podían hacer.

Mi madre, al saber que las cerezas eran la causa que había provocado todo ese drama, cogió la cesta y me dio un buen puñado de ellas. Una sonrisa agradecida alegró mi rostro mientras mi tía Carmen, con su pañuelo, me secaba las lágrimas que humedecían mis mejillas. Pero no faltó ese comentario suyo que se iba haciendo cada vez más insistente y habitual: “¡Ya se salió otra vez con la suya! ¡Le estás consintiendo demasiado y eso no es bueno!”  Mi madre la miró con cara de tristeza y con un leve asomo de reproche. Todavía estaba presente en el aire del portal y de la salilla el eco del llanto inconsolable por la muerte de Teresita, mi hermana, cuando tenía poco más de año y medio. Fue un desacierto en el diagnóstico del médico. Murió por deshidratación. El médico no se apercibió de ella, y la curaba de otra cosa. Ese fue el comentario que oí más tarde.

En aquella época eran muchos los niños que morían al año. La mortalidad infantil era muy elevada. Casi todos los meses había algún entierro, a veces varios. Los toques "a gloria" de las campanas de la iglesia eran frecuentes. Benigno el sacristán, mi vecino, era el encargado de comunicar a todo el pueblo, incluso a los que estaban trabajando en el campo, que había muerto un niño. La campana chica, que era la única que sonaba en estos casos por su sonido más fino y alegre, acompañaba la triste noticia de la muerte de una criaturita con un repique gozoso, pues los ángeles se llevaban directamente al cielo el alma de un niño, limpia y pura. El Bautismo le había liberado del pecado original y su poca edad no le había permitido cometer otras faltas o pecados. Es decir, que no había tenido tiempo de pecar pues no había llegado al uso de razón.

Así nos lo explicaban en la catequesis Antonia la Ciega. (Quién sabe por qué todos, incluso los niños, la llamábamos Antonia y luego, hablando con ella, usábamos el usted). Era nuestra catequista, la de los niños, y Doña Pilar, la maestra, la de las niñas. Las dos eran muy buenas catequistas y muy queridas por la chiquillería. Yo sentía una gran admiración por Antonia, pues desde que estuvimos viviendo en la taberna tuve ocasión de ver a Antonia escribir y leer según el método Braille. Más tarde llegaría a saber quién era este hombre, en qué consistía su método y para qué servía.

Antonia vivía con su hermano Paco, que estaba soltero. Los dos eran hermanos, a su vez, de tío ángel Pintado, que era el cartero del pueblo, y de tío Miguel Triguero, padre de Felipe, quinto mío. Milagros, que era de Hoyo de Pinares, vivía con Antonia y su hermano. Ambas pertenecían a la "Alianza de Jesús por María" (Instituto secular femenino fundado en 1925, en San Sebastián, por el sacerdote Antonio Amundaráin Garmendia), como Doña Pilar y las hermanas de Don Licesio, Iluminada y Carmen. Milagros no sólo cuidaba a Antonia sino que también la acompañaba a todas partes, haciendo de "lazarillo".

El nombre de "lazarillo" que se da a los que acompañan a los ciegos, es, como se sabe, el del protagonista de la obra anónima, con la que dio comienzo la novela picaresca española, cuya primera edición conocida fue la de Burgos en 1554, y cuyo título es  La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. La novela picaresca es un género literario narrativo en prosa de carácter pseudo autobiográfico, muy característico de la literatura española, pero que transcendió a la literatura europea. Surgió en los años de transición entre el Renacimiento y el Barroco, durante el llamado  Siglo de Oro español. Este género literario surgió como parodia de las narraciones, excesivamente idealizadas, del Renacimiento, como las epopeyas, los libros de caballerías, la novela sentimental, la novela pastoril, etc. La novela está narrada en primera persona por el protagonista, que se llamaba Lázaro de Tormes, ya que había nacido en un molino colocado en el centro de este río a su paso por Tejares, aldea cercana a Salamanca. Su madre, años después de quedarse sin marido y tras muchos avatares, fue a servir al mesón llamado de la Solana, en Salamanca. Y el texto dice: "En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo seria para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole que, como era hijo de un buen hombre, [...] le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. él le respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo". De aquí viene, pues, el nombre de "lazarillo", que es lo mismo que guía de ciegos, persona que se ocupa y preocupa de ellos.

Durante el tiempo que vivimos en la taberna,  yo veía a menudo a Antonia, sentada a la puerta de su casa en verano y en las tardes soleadas de primavera y otoño. Durante el invierno estaba en su salilla, al brasero claro, como hacíamos todos. Milagros solía dictarle el texto de un libro colocado sobre su halda, mientras hacía punto, calceta o ganchillo, labor que le permitía dictar sin necesidad de mirar lo que hacían sus manos y sus dedos, deteniéndose solamente el breve tiempo de pasar la hoja cuando era necesario. Antonia escribía, como hemos dicho más arriba, según el método Braille.

Louis Braille (1809-1852) fue un profesor francés, famoso por la invención de un sistema de lectura para ciegos. A los 3 años perdió la vista. Un accidente en el taller de su padre provocó la infección en uno de sus ojos. La infección se pasó al otro,  provocándole una ceguera irreversible. En 1819 obtuvo una beca que le permitió ingresar en el Instituto Nacional para Jóvenes Ciegos, de Paría. Más tarde llegaría a ser profesor de esta institución. Aquí fue donde conoció a Charles Barbier, inventor de un sistema de lectura para ciegos que Braille reformó y completó convirtiéndolo en lo que sería el sistema universal de lectura para los afectados de ceguera.

Además de las letras del alfabeto, el método ofrece también la posibilidad de escribir las vocales con acento, las letras mayúsculas o minúsculas, los signos de puntuación, los números, los signos matemáticos, los signos musicales, etc. Es decir que este método dispone de todos los signos gráficos que componen nuestro lenguaje, incluso los específicos de cada lengua.

Me llamaba mucho la atención verla con el punzón en la mano, escribiendo en un papel bastante grueso y un poco basto. Se podía decir que era como cartoncillo. La escritura consistía en puntos en relieve hechos con un aparato especial, llamado pizarra, y un punzón. El punzón terminaba en una punta redondeaba pues no debía traspasar el papel sino más bien marcar solamente un punto en relieve.

Antonia seguía una regla metálica, de unos cuatro centímetros de ancha y que ocupaba, a lo largo, toda la página. Así lo recuerdo yo. Esta regla metálica era doble, abierta por la derecha y cerrada por la izquierda con una bisagra. De esta manera podía abrirla y cerrarla para abrazar al papel y presionarlo con el fin de que no se corriera mientras marcaba con el punzón los puntos que indicaban las diversas letras y palabras a lo largo del renglón. Terminado éste, abría la regleta y la corría hacia abajo para escribir un nuevo renglón, y así sucesivamente.  Luego lo releía para ver si tenía que corregir algo, y lo hacía pasando por encima las yemas de los dedos. Sé que Antonia copiaba libros para la Organización Nacional de Ciegos, en la que se estaba formando una de biblioteca de libros en Braille. Las copias de libros de contenido escolar iban a parar también a los diversos colegios de ciegos existentes en España. Los libros copiados los encuadernaban como libros normales y corrientes, sólo que quedaban mucho más voluminosos y pesados, claro.

Antonia se sabía el catecismo de memoria, tanto las preguntas como las respuestas, tal y como venían en el Catecismo del P. Gaspar Astete (1537-1601), que era el que teníamos en la Diócesis de ávila. En cambio en la de Plasencia, a la que pertenecía Solana de Béjar (hoy Solana de ávila), tenían el catecismo del P. Jerónimo de Ripalda (1535 - 1618). Ambos autores desarrollaron su actividad religiosa, docente y como escritores en el siglo XVI, siglo del Concilio de Trento, que duró desde 1545 a 1563. Fruto de este Concilio fueron, entre otras iniciativas, esos dos catecismos de los que se hicieron más de mil quinientas ediciones a lo largo de los cuatro siglos largos  en que estuvieron en vigor como texto de las catequesis infantiles.

La segunda razón por la que esta calle es en sí misma importante, decíamos más arriba, se apoya en el hecho de que tiene un nombre propio de persona: Vegazo, un apellido que pertenece a alguien, persona o familia. Pero antes de pasar a desbrozar el tema del apellido Vegazo, sea persona o familia, me vais a permitir que diga algo a propósito de la foto colocada debajo de estas líneas, evitando dejarme llevar por las emociones. Pero os pido que la gravéis en vuestra memoria visual, pues de esa manera podréis comprender mejor muchas de las cosas que os digo a través de esta especie de diálogo que mantengo con vosotros a lo largo y ancho de estos escritos que espero no os aburran demasiado.

Vista parcial de la Calle de Vegazo

He encontrado esta fotografía entre las que aparecen recogidas en esta fantástica página de nuestro pueblo. ésta, concretamente, ha levantado en mi memoria una enorme polvareda de recuerdos, situaciones y momentos de los que formaban parte pequeñas historias cuyos protagonistas se movían  a lo largo y ancho de la plazuela de nuestra vecindad y que yo oteaba a través de los cristales de la ventada de la salilla de mi casa, mientras estudiaba en la Enciclopedia de Dalmáu Carles las lecciones que nos ponía Don Faustino, o hacía un poco de caligrafía. Eran las tareas de la escuela, los deberes.

Lo bueno era que, con los visillos, yo podía observar lo que pasaba en la calle y a mí no me veía nadie. Este era mi mirador particular, sobre todo en las tardes de invierno en que no se podía salir a jugar por culpa de la nieve o de la lluvia. Esta salilla, esta casa era la base de la que partían mis correrías, mis actividades infantiles, ya fueran de tipo escolar, de atención a las cabras, de riegos a las huertas cuando nos tocaba el agua o de ir a buscar ramos para las cabras en primavera y verano. En esta casa he vivido mi infancia en todas sus dimensiones. Repito una vez más: una infancia verdaderamente feliz, a pesar de todas las dificultades del momento histórico en que la viví.

Muchos de vosotros habréis conocido a las personas presentes en la fotografía, o habréis oído hablar de ellas. Algunos de vosotros sois, como yo, familiares suyos. Se trata de mi tía Carmen, hermana de mi madre, de su marido, tío José, y de tía Filomena, cuñada de ambos, pues estaba casada con el hermano de tío José, tío Jerónimo. Tía Filomena y tío Jerónimo eran abuelos de Miguel ángel, el magnífico creador y confeccionador de esta página de  nuestro pueblo.

Mi tío José, como se ve, está preparando el brasero. Se encuentran delante de su casa, que corresponde a la parte de atrás de la casa de tía Robustiana y de su hijo Juanito Tajás. De la casa de mis tíos se adivina la puerta, que está a las espaldas de tío José, atareado, como digo,  encendiendo el brasero que ha llenado de cisco. Encima del cisco ha colocado unas brasas de la lumbre. Después de soplar un poco, o de ponerlo a una corriente de aire, el cisco ha empezado a encenderse. Su combustión es lenta y para que dure más tapa las brasas y el cisco encendido con ceniza. Esto hace que la combustión sea mucho más lenta y el brasero dure más, especialmente bajo las faldillas de la mesa camilla.

Brasero con alambrera.
               Delante, la badila para echar las "firmas"

Detrás de tío José y de tía Carmen hay dos poyos de piedra, uno correspondiente a la casa de mi tía y el otro a la nuestra. En el poyo de la izquierda, mirando a la fachada, ha apoyado mi tío la gorra. Tal vez la usaba como soplillo para avivar el encendido del cisco y la dejaba luego sobre el poyo. O incluso para evitar que de la cabeza se le cayera en el brasero si hacía algún movimiento brusco durante la preparación del brasero. A la derecha de mi tía Carmen se puede ver la ventana de su cocina. La madera de la ventana estaba pintada de verde. Se ven también los visillos, cuya función principal no era sólo la de decorar los cristales, sino también la de impedir al mismo tiempo, que desde fuera se viera a las personas y todo lo que se estaba haciendo dentro.

La que se ve muy bien es la puerta de mi casa, el balconcillo de madera, que correspondía a la sala y la ventana de la salilla, lugar donde estaba la mesa camilla con el brasero y donde pasábamos las tardes y noches de invierno, sobre todo. Las faldillas de la mesa camilla recogían y concentraban el calor del brasero sobre las piernas de las personas que se sentaban a su alrededor. Esto solía provocar, sobre todo en las mujeres, la formación de las denominadas "cabrillas". Estas consistían en la quemadura de la piel a fuerza de estar un día y otro arrimadas al brasero o a la lumbre. Y como no tenían pantalones el calor les pegaba fuerte y la piel se les quemaba y les salían ampollas, dejando luego las espinillas en carne viva. A veces sangraban un poco. Pero no solían padecer dolores excesivos, pues eran heridas superficiales que se habían ido formando poco a poco. Las "cabrillas" eran muy comunes entre las mujeres. Los pantalones de pana y la piel más recia y peluda de los hombres, impedía que se formaran las "cabrillas" en sus espinillas, que era el lugar más expuesto al brasero. Y además permanecían menos tiempo cerca del mismo.

En la foto se percibe muy bien la gran losa de piedra que hacía de puente cubriendo la regadera, permitiendo así el paso de la gente sin tener que saltar por encima de la regadera. Casi todos los días corría el agua por ella, de manera especial en primavera y verano, debido a los riegos de las huertas. Ahí es donde jugaba yo con el barquito de lata que me había traído un verano mi primo Pío. Otras veces nuestros barcos eran simples trozos de palo que se llevaba el agua. Cuánto mejor hubiera sido adecentar la regadera, las regaderas de todo el pueblo, en lugar de ocultarlas bajo el cemento como si fuera una vergüenza que estuvieran abiertas, como siempre habían estado, y que el agua corriera por ellas limpia y alegre. Con eso lo que se ha conseguido es aumentar el calor en verano, resecando el ambiente privándolo de la humedad que las aguas generosamente aportaban. Pero digamos, parafraseando a Don Quijote,  que "mejor es no meneallo".

No sé si os habéis percatado de que he usado con frecuencia la palabra "tío" "tía", no ya refiriéndome a mis tíos José y Carmen, que lo eran por lazos familiares, sino refiriéndome a tío Jerónimo y a su mujer tía Filomena. También he usado esta palabra aludiendo a cualquier persona mayor de nuestro pueblo, como siempre hemos hecho todos, vosotros y yo. ¿Por qué se me ocurre tocar este tema? La curiosidad es uno de mis vicios. Bueno, es posible que, al menos en este caso, sea más bien una virtud. Y esta curiosidad me ha llevado a darme cuenta de que no es una costumbre exclusivamente de nuestra zona o de nuestra comarca, incluida una parte de la provincia de Cáceres. Pero vayamos por partes.

En una de mis frecuentes incursiones, por no decir inmersiones, en la página de Puerto Castilla, nuestra página, he visto un mensaje firmado el 10-06-2006 a las 14:42 por una señora que, lamentablemente no tengo el honor de conocer, casada con un nieto de tío Antonio Ríos, al que todos conocíamos como tío Ríos, y de tía Virginia, su mujer. El mensaje está firmado por esta señora, que dice ser mañica, de Zaragoza, y se llama Carmen Miranda, un apellido muy presente también en el Puerto. Me pregunto si su marido, Julio, es hijo de Alejo y de Manuela. Pues bien, en este mensaje Carmen se admira y se sorprende del uso que hacemos nosotros en el pueblo de la palabra "tío" o "tía". Pero voy a citar textualmente, con su permiso, algunas líneas de su mensaje para que se vea más claro el motivo de su justificada admiración: "Os contaré, escribe Carmen, una de mis múltiples experiencias en el pueblo: como soy de capital (Zaragoza) cuando visité el pueblo por primera vez me sorprendió que todos fueran "tíos" y estaba convencida que eran familia, cosa que no acababa de comprender, como tampoco que la gente viviera en barrios sin calle!! ya que en mi región esas costumbres no eran habituales o también que conocieran a las personas más por el mote que por su apellido..." Hasta aquí sus palabras. Veamos ahora brevemente en qué consiste este uso, cuál es su alcance y sus connotaciones en relación con la misma palabra en sentido familiar y si hay algo equivalente en alguna otra parte.

No cabe la menor duda de que el uso de la palabra "tío/tía" con que se alude a todas las personas mayores del pueblo –no siendo parientes, claro- es como una forma de expansión del parentesco. Es expresión de la necesidad, o al menos del deseo, de que la vecindad, el barrio o el pueblo, en una palabra la comunidad en la que se vive y convive, sea una gran familia. Se establece, en cierto modo, una especie de familiaridad, que implica muchas cosas, como, por ejemplo, que se conoce a la persona, que la conocen tus padres, que se tiene confianza en ella, que te da una mano, si es necesario, un consejo, una buena palabra y, sobre todo, que no te haría daño ni mal alguno. Es decir, que puedes esperarte de él, todo aquello que de bueno, en sentido protector y de ayuda, te proporcionaría un pariente que en ese momento concreto no está presente. No perdamos de vista que se trata de una persona a la que hablamos de usted. Eso quiere decir que es una persona de edad o, como solíamos decir, de respeto, mayores que nosotros, como decíamos también, en edad, dignidad o gobierno. Se ve claramente que el concepto familia se extiende, se amplía y que era aceptado por todos.

Hay que decir que el concepto y la función del tío, en general, pero sobre todo el tío materno, ha sido muy estudiado tanto en campo sociológico como antropológico. La unidad de estructura a partir de la cual se construye un parentesco es el grupo denominado ‘familia elemental’, consistente en un hombre y su esposa y su hijo o hijos. La existencia de la familia elemental crea tres tipos especiales de relación social: entre padre e hijo, entre los hijos de los mismos padres y entre marido y mujer en cuanto padres del mismo niño o niños. Las tres relaciones existentes dentro de la familia elemental constituyen lo que puede llamarse primer orden. Las relaciones de segundo orden son las que dependen de la conexión entre dos familias elementales a través  de un miembro común, tales como el padre del padre (el abuelo), el hermano de la madre (el tío) la hermana del padre (la tía), etc. Y se pueden seguir estableciendo nuevas relaciones y formando nuevos órdenes a medida que el grado de parentesco se va alejando de la familia elemental, que es el punto de partida. Por tanto el concepto que nos ocupa, "tío"/"tía", aplicado a personas con las que no nos une ningún grado de parentesco, asume aquí, una connotación especial que hoy llamaríamos parentesco virtual, que, para los efectos, se propone como un parentesco casi real. Esto es lo que da una característica especial, una peculiaridad al lenguaje de nuestro pueblo y de nuestra zona, haciendo que se distinga claramente de los demás tanto en su expresión verbal como en su contenido afectivo, solidario, social y de  fecunda interrelación humana. 

Recuerdo que Don Marino llegó como médico al pueblo hacia el año 1945 ó 46. Con él vinieron, naturalmente, su mujer, Doña Rosa, y sus tres hijos, Salvador que era el mayor, luego Enrique, que era de mi edad, y Máximo, el más pequeño. Llegaban de su pueblo, Bercimuelle, de la provincia de Salamanca, situado en la carretera que va desde Guijuelo a Piedrahita. Pues bien, la razón de citar aquí a estas personas es porque Salva, Enrique y Maxi llamaban "señor" o señora" a los que nosotros llamábamos "tío" o "tía". Por ejemplo: el señor Benjamín, que era el alcalde del pueblo por entonces, y vivía en la Calle Real; se hicieron muy buenos amigos Don Marino y él. Se les veía mucho juntos. El señor Celso, abuelo de Blas, que vivía en la casa de los sifones, frente a la taberna, al lado de la cual había también sifones. Tía Justa y tío Víctor, que vivían en el Corralillo, al lado del señor Santiago y la señora Manuela, la de tía Flores, padres de Santiaguín. Y así sucesivamente. Nosotros les tomábamos el pelo y ellos, al principio no salían de su asombro al oír que todos nosotros llamábamos "tíos" y "tías" a todos los hombres y mujeres del pueblo, sin ser de la familia. Pero luego, con el tiempo, ellos también se adaptaron a nuestro modo de hablar, se integraron perfectamente y cada uno de ellos fue uno más entre nosotros.

Hasta aquí me he referido solamente a lo que ocurre en nuestro pueblo con respecto a esta denominación –"tío"/"tía"- que merecería un estudio socio-antropológico serio y profundo, pues, como he dicho, es un concepto que, sobre todo en los pueblos primitivos y en su dimensión familiar -precisamente por no tratarse de familiares-, tiene una serie de implicaciones de gran valor, no sólo social y humano, sino también cultural.

Muchos de vosotros conoceréis, sin duda al novelista vallisoletano Miguel Delibes (Valladolid 1920), cuya primera novela La sombra del ciprés es alargada, escrita en 1947, fue galardonada con el Premio Nadal en 1948. La mayor parte de la acción de esta obra, la primera de Delibes, transcurre en ávila. En sus muchas obras, sobre todo las de sabor popular, en las que emplea un vocabulario muy rico y a la vez muy conocido por la gente de pueblo, pues es su propio lenguaje, el de los campesinos y aldeanos, utiliza  muy frecuentemente las palabras "tío" y "tía" para referirse a las personas adultas, no pertenecientes a la familia. Como se sabe, Delibes es un novelista cuyos personajes, en su mayoría, son gente de pueblo, con un lenguaje natural, llano, nada rebuscado. Muchas de sus obras hunden sus raíces en las tierras de Castilla, de Castilla la Vieja, como Viejas historias de Castilla la Vieja, Castilla, lo castellano y los castellanos, Los santos inocentes o Las ratas, por citar  sólo algunas. Delibes refleja en sus obras "el drama de esa Castilla rural, de una Castilla que, no obstante -leemos en la presentación de la última obra que he citado-, rezuma grandeza en su misma miseria. El medio geográfico y social parece determinar en la novela, de un modo decisivo, el ser y el existir de sus criaturas; el destino parece jugar con esos personajes, pobres lugareños aferrados al terruño, vivos y elementales, que defienden rabiosamente su libertad y constituyen un retablo de cruda y palpitante humanidad".

Pues bien, este  espléndido escritor castellano, maravilloso intérprete del genio, del alma y de la idiosincrasia de nuestra tierra y sus gentes, en el uso de "tío" y "tía", referidos siempre a personas adultas, nos ofrece una variación respecto a nosotros. él coloca siempre delante de estas palabras el artículo de terminado "él" o "la". Por tanto sus expresiones quedan así: "El tío Ratero", "la tía Marcelina". Mientras que para nombrar a las personas jóvenes coloca también el artículo determinado, como, por ejemplo, "el Nini", "la Simeona". Si a alguno, en nuestro pueblo, se le ocurriera decir "el tío Enrique" o "la tía Filomena", por ejemplo, acarrearía sobre sí las risas de los demás e incluso una reprimenda de parte de los mayores, pues esa forma de decir era totalmente inusual entre nosotros y, además, se consideraba una falta de respeto que ninguno se podía permitir. El modo de decir de nuestra gente encierra una acogida, un considerar de casa a la persona a la que nos referimos. La colocación del artículo el o la da la impresión de distanciarla, de ser una persona con la que no nos une ningún tipo de relación afectiva, ni de confianza y menos aún de familiaridad, ni siquiera virtual. Las expresiones utilizadas por Delibes, muy usadas en la Castilla del centro, las encontramos también en Extremadura, concretamente en el Valle del Jerte.

Otro novelista, éste del siglo XIX, también usa la misma fórmula de Delibes. Se trata del P. Luis Coloma (1851-1915), jesuita jerezano, autor, entre otras obras, de la extraordinaria novela Pequeñeces y de  Jeromín (Don Juan de Austria) quien, en su obra Lecturas recreativas, habla de "el tío Canijo" y su mujer "la tía Cachana". Esto quiere decir que la expresión de Delibes ya se usaba en el pasado en diversas partes de España. Y no debemos dejar de poner el acento sobre el hecho de que esta forma de decir se aplica, en general a personas "de poco más o menos", como diría Sancho Panza, de inferior categoría social, de poca cultura, gente sencilla y humilde. La expresión, en sí, no implicaba menosprecio pero tampoco denotaba confianza, afectuosidad y menos aún familiaridad.

Pero fuera de nuestras fronteras patrias, a miles de kilómetros, en un país muy conocido por sus conflictos bélicos, por los extremistas radicales islámicos denominados talibanes, por la presencia real o supuesta del terrorismo fundamentalista de Al Kaeda, por la presencia de nuestros militares, como garantes, con los soldados de otros países, de una paz que no acaba de alcanzarse, y que todos conocemos con el nombre de Afganistán, allí también hay un lugar donde llaman tío y tía a los adultos que no son parientes. Exactamente igual que hacemos nosotros. Este hecho merecería que se llevara a cabo el hermanamiento del barrio, nuevo y rico, situado en la zona norte de Kabul, capital de Afganistán, llamado  Wazir Akbar Khan y Puerto Castilla. A ver si se ponen de acuerdo los respectivos alcaldes y se hermanan (¿?).

En el año 2003, aparece en Estados Unidos, concretamente en California, un libro que es la primera novela de un médico afgano de nombre Khaled Hosseini, que en español ha sido traducido con dos títulos: "Cometas en el cielo", por un lado y "El cazador de cometas" por otro. Naturalmente es la misma obra. Espero que muchos de vosotros la hayáis leído o incluso que hayáis tenido ocasión de ver la película que con el mismo título ha sido proyectada en los cines de muchos países. Por esta razón dejo de lado todo lo referente a dicha novela para ceñirme a lo que me ha movido a citarla aquí. Pues bien, en la página 90 de la edición italiana del "El cazador de cometas" (Il cacciatore di aquiloni), que es el idioma en que yo he leído la novela, se lee: "Llenamos tres furgonetas. Yo estaba con Baba, Rahim Khan y kaka Homayun. Desde que era pequeño Baba me enseñó a llamar así a los adultos: kaka, tío, a todos los hombres, y khala, tía, a todas las mujeres". El protagonista se llamaba Amir, Baba es su padre, Rahim Khan, un amigo y socio del padre, y Homayun era un respetable comerciante conocido de la familia de Baba. Estas dos palabras, a partir de este punto de la novela, van a ser utilizadas muy a menudo por el autor de la obra con el mismo sentido y con la misma actitud de respeto, de cortesía, de servicio y de consideración con que lo hacemos nosotros. Como puede verse, no somos los únicos en mantener y cultivar esta costumbre tan extraña para los extraños a nuestra tierra y tan  peculiar, y al mismo tiempo normal, para nosotros.  

 Antes de evocar recuerdos y vivencias que, como si fueran fotogramas de una película, se van proyectando en mi mente, veamos si es posible saber o, al menos, atisbar la razón del nombre de Vegazo -que sin duda alguna es un apellido-, perteneciente, como hemos dicho más arriba, a una persona concreta o a una familia, aplicado a una calle de nuestro pueblo.

Contemplando el nombre de la calle, surgen espontáneamente una serie de preguntas a las que no es fácil responder. Pero, al menos, vamos a intentar plantearlas, a modo de mayéutica socrática, desbrozando, en lo posible, caminos que puedan conducir a alguno a dar algún día una respuesta. Trato, por lo tanto, de  ofrecer algunos datos que puedan dar satisfacción a una curiosidad natural, no sólo mía, sino también de aquellos cuyos ojos tropiecen con el letrero Calle de Vegazo, colocado en la esquina de la casa de tío Isaac y de tía Aurelia.

Las preguntas que se van encadenando sucesivamente son las siguientes: ¿A quién se ha querido honrar con la dedicación de esta calle? Y puesto que no aparece nombre propio alguno sino solamente un apellido, la segunda pregunta que viene a la pluma es: ¿Se ha querido honrar a una persona sola o a toda una familia? Otras preguntas podrían ser éstas: ¿Qué relación existía entre la calle y la persona o la familia Vegazo? ¿Vivía o vivían en alguna de las casas de la misma? ¿Cuándo y con qué motivaciones se decidió dedicar esta calle a los que llevaban este apellido? Y por último: ¿Qué alcalde y concejales deliberaron y decretaron poner ese nombre a la calle? ¿Es posible que existiera una deuda moral, de reconocimiento de parte del pueblo y sus autoridades para con el señor o con la familia Vegazo? ¿Realizó algún gesto heroico o una acción importante en beneficio de los habitantes del pueblo, que mereciera un perenne recuerdo, como puede ser la dedicación de una calle? Podrían seguir haciéndose muchas preguntas aún. Estos u otros posibles interrogantes  quedarán en suspenso a no ser que existan documentos en el archivo del Ayuntamiento de Puerto Castilla que den cumplida respuesta a los mismos.

Por otro lado, ha sido durante mucho tiempo la única calle dedicada a una o más personas, indicadas con el apellido Vegazo, pues la calle, o si se prefiere, el callejón sin salida, dedicado a Don Agustín Bermejo Miranda es de muy reciente creación. Todos sabemos que él nació allí y que su vida y su martirio son merecedores de esa delicadeza por parte de su pueblo.

La verdad es que la familia de los Vegazo ha sido siempre una familia pudiente, palabra que se usaba en nuestro pueblo para indicar que la persona o familia a la que se aplicaba era rica, con poder económico. Esta situación llevaba consigo también la consideración y el respeto de los demás.

El tronco común de los Vegazo, al menos los que yo he conocido y recuerdo, estaba dividido en diversas ramas, cuyos miembros vivían todos en la Calle Real y algunos fuera del pueblo. Seguidme en este recorrido por la calle principal de nuestro pueblo y os mostraré el lugar concreto en que habitaban y quiénes eran los Vegazo de los que conservo memoria. Memoria que después de tantos años es posible que tenga fallos, por lo que espero que los Vegazos de hoy me los perdonen y suplan las deficiencias existentes en mis recuerdos. Deseo dejar claro una vez más que mis recuerdos se refieren, más o menos, a los años 1942-1953. Mi edad estaba comprendida entre los 4 y los 12 años. Años en los que un niño empieza a estrenar memoria, almacenando sensaciones, emociones, palabras, personas, situaciones, escenas. Son años en los que se viven momentos siempre nuevos que empiezan a formar parte de esa historia individual  que es, a la vez, una historia colectiva, apasionante.

El niño va adquiriendo un sentido muy fuerte de pertenencia a una familia, a una comunidad concreta, como puede ser la vecindad, a un pueblo. Recuerdo que cuando alguien nos preguntaba de dónde éramos la respuesta que dábamos, en general, era esta: "Soy de Puerto Castilla, Partido del Barco, Provincia de ávila", ejemplo claro de haber adquirido conciencia poco a poco de una pertenencia geográfica y humana. Los que hacían la pregunta, si conocían esos parajes, seguramente se daban cuenta de que la entonación del habla y la fonética de algunas letras, en especial consonantes como la "j" o la "s" final de palabra, y, en ocasiones la "h" aspirada de algunos vocablos, delataban nuestra procedencia.

Son también años en los que empiezan a introyectarse modelos encarnados en personas concretas. Cada niño, de grande, quiere ser como alguien a quien admira, alguien al que ha mitificado por lo que cuenta, por cómo lo cuenta y sobre todo porque ha sido el protagonista de todo lo que narra. En aquella época, la guerra civil española había terminado pocos años antes.  Estaban volviendo los soldados que habían sido obligados a prolongar el servicio militar algunos años después de acabada la guerra. Entre éstos se encontraba Tomasón, hermano de tío Esteban, tío Alfonsín y tía Anastasia, hijos de tía Ana la Polonia y de tío Isidoro. Tomasón se casó con Teresa la de tío Julián "Calbote" y de tía Urbana. Pues bien, Tomasón era mi ídolo.

Durante muchas noches, sentados, hasta las tantas de la madrugada, a la lumbre en la cocina de mi casa, que en aquellos años, como he dicho, era la taberna del pueblo, estuve pendiente de sus palabras. Me fascinaba todo lo que contaba, los lugares donde había estado, los peligros que había corrido. Había visto caer muertos, a su lado, a muchos de sus compañeros, soldados como él; había salvado de muerte segura a heridos, llamando tempestivamente a los camilleros. Otras veces se cargaba los heridos a las espaldas y los llevaba al hospital de campo, montado apresuradamente en el mismo frente. Todas estas aventuras, su arrojo, su generosidad caritativa para con los compañeros, su desprecio de la muerte, eran para mí algo extraordinario, maravilloso. Era un hombre que no tenía miedo; que no temía a nada ni a nadie. Y yo me veía que podía hacer lo mismo. Por eso, de grande, yo quería ser como él para poder ir a la guerra y correr sus mismas o parecidas aventuras.

Pero volvamos a nuestro tema y veamos el emplazamiento de los Vegazo. Empezando el recorrido de la Calle Real, desde el Corralillo, donde estaba gran parte de las familias, prácticamente emparentadas todas ellas entre sí, cuyo apellido común era precisamente Vegazo, encontramos a la familia de tío Juan Muñoz, o tío Juan "el pobre", con su mujer tía Paca Vegazo. A continuación, tío Miguel Vegazo, casado con tía Julianilla la "Rabúa". Luego venían los Morales, tío Pedro Morales y su mujer, tía Petra  (Petrina) Vegazo.

En la otra acera de la Calle Real, haciendo esquina con la calle de la Iglesia, vivía tía Marina, viuda de tío Julián Vegazo. Era madre de tía Paca la de tío Juan el Pobre. También era hijo de ella tío Pedro Vegazo, que estaba casado con tía Lucia, hermana de Don Agustín Bermejo Miranda, sacerdote, asesinado durante la persecución religiosa en España el 28 de agosto de 1936 (el día de San Agustín, precisamente) en el término municipal del Barraco, ávila, cerca del Puente de la Gaznata. Era párroco de Hoyos de Pinares. Sus restos fueron trasladados a la iglesia de Puerto Castilla en el año 1955. En la actualidad está en marcha el proceso de Canonización como mártir de la persecución religiosa en España (1936-1939). Tío Pedro y tía Lucia eran padres de Manuel Vegazo, el futbolista. Era conocido por el apellido Vegazo.

Luego venían los Moras, Tío Juan Mora Vegazo, casado con Doña Virginia. La madre de tío Juan era tía Isabel Vegazo, tía Isabelina, hermana de tía Petrina Vegazo la mujer de tío Pedro Morales y del marido de tía Marina, tío Julián Vegazo y de Pepe Vegazo, que vivía en Gil García. Tía Isabelina no tenía muy buena fama en su trato a los jornaleros. De ella se decían estos versos, anónimos pero populares, pues todos en el pueblo los conocían:

"Tía Isabelina, cuncumina,

rondaora de galanes

poco aceite echa en las cuernas

y menos masa en los panes,

por mucho que los extendía

pequeños eran los panes".

Por entonces se daba lo que se llamaba la "misión", es decir, los pastores y arreadores de ganado recibían un pan, tocino y una cuerna de aceite para una semana. Iban a casa del amo los sábados a retirar la misión para la semana siguiente.

Abro un pequeño paréntesis para decir algo sobre la palabra "cuncumina" con que se alude a tía Isabelina, la madre de  Tío Juan Mora. Esta palabra se encuentra en el vocabulario de Deleitosa, un pueblecito de la provincia de Cáceres, perteneciente al partido judicial de Trujillo. En la actualidad cuenta con una población de unos 850 habitantes,. Está muy cerca del Parque natural de Monfragüe por un lado, y por otro de Torrecillas de la Tiesa, un pueblo de la misma zona que hemos citado poco más arriba, hablando de las palabras "galro" y "barril". Pues bien, la palabra cuncumina significa niña muy pequeña pero muy lista. Desconozco en qué sentido se aplicaba a tía Isabelina. Por lo pronto no se podía decir que fuera una niña, pero sí de pequeña estatura y, según decían, un poco caprichosa. Por lo que se refiere a lista, despabilada, cada uno, reflexionando sobre el contenido de los versos saque sus propias conclusiones. Como dije más arriba, esta zona de la provincia de Cáceres era el lugar de arribo de ganado transhumante, que utilizaba la Cañada Soriana Occidental, la que pasaba por el camino real de nuestro pueblo. Allí llevaba mi abuelo su ganado. Y con esto cierro el paréntesis).

Estas son las personas con el apellido Vegazo que he encontrado en mi memoria y en la de mi tía Carmen, cuando, ya hace algunos años, recordábamos las personas y las familias de nuestro pueblo en los años 40 y principios de los cincuenta. Como se ha podido ver, los Vegazo citados pertenecen a un único tronco: el padre -que es quien da el apellido- de tía Isabelina, de tío Julián, de tía Petrina y de tío Pepe Vegazo.  Pero, al parecer, lamentablemente no se conserva en el pueblo un archivo en el que poder consultar los motivos  de la dedicación de esta calle a alguien con este apellido, sea individuo o familia. Pero hay que suponer que se refiera a algún antepasado de esta familia. ¿Hay alguien en nuestro pueblo que lo sepa o tenga a mano los instrumentos para averiguarlo? Sería muy de agradecer, si alguien pudiera rastrearlo por alguna parte porque sería un capítulo más de la historia de nuestro pueblo. Habría un personaje concreto a quien conocer, de quien saber, pero sobre todo a quien recordar con conocimiento de causa. Yo puedo decir que me siento orgulloso de haber nacido en una casa de una calle de mi pueblo que lleva nombre de persona, aunque me quede siempre sin saber quién era ni por qué le dedicaron la calle. Me queda la satisfacción de suponer que si se la dedicaron era porque se lo merecía, porque era una persona importante o porque había hecho algo extraordinario por el pueblo.

Aprovecho la ocasión, ya que acabamos de nombrar la Calle Real, para manifestar públicamente mi sorpresa y mi indignación, al ver en el mapa que ofrece Google Earth, que la Calle Real ya no se llama así, sino Calle de la Carretera. Mi pregunta es: ¿Quién realiza estas tropelías? ¿En nombre de qué y de quién lo hace? ¿Por qué no se informa a la gente, tanto a  la que reside en el pueblo como a los que estamos fuera, si les parece bien que se realice ese cambio? Hoy, a través de la página del pueblo o por correo electrónico, es más que posible y en un instante la consulta llega a todos los interesados tanto en España como en el extranjero. La respuesta puede darse también en un tiempo brevísimo, utilizando los mismos medios.

El mismo tipo de fotografía he encontrado en Mapamundi – Panoramio, en el que se encuentra casi lo mismo que en Google Earth, aunque con alguna variante. En ambos se puede leer  claramente el nombre de Calle de la Carretera. Y si este nombre dado a la Calle Real aparece, como he podido constatar, en ambos sitios, es porque alguien lo ha indicado; o porque los dos lo hayan tomado de una fuente común, alimentada, claro está, por las autoridades del pueblo o las provinciales. Yo creo que a nadie se le ocurriría llamar a una fuente "Fuente de la fuente". El que ha hecho ese cambio ha cometido una tremenda tautología, repitiendo inútilmente el mismo concepto. ¿Y se ha preguntado por qué esa calle se ha llamado (y para mí se sigue llamando) Calle Real?

No hay que olvidar tampoco que en nuestro pueblo debió existir un asentamiento en la época romana, al menos durante un tiempo más o menos largo, ya que fueron los romanos precisamente los que explotaron unas minas de cobre, situadas a la derecha del Venero. Todavía hoy pueden percibirse vestigios que son testimonios claros de su explotación. Nicolás de la Fuente Arrimadas, en su Fisiografía e historia de Barco de ávila,  cuando trata el tema de las minas (pág. 127) dice textualmente: «En la hondonada barqueña ya explotaron metódicamente los romanos una gran mina de cobre, que existe al suroeste de las Casas del Puerto de Tornavacas». Además pasaba también una calzada romana a través de la cual daban salida al mineral obtenido y que seguramente continuaba hacia el Valle del Jerte, hacia Plasencia y Mérida (Emérita Augusta) lugar de destino del producto de las minas. Y dado que se han visto vestigios de calzada en la subida del Puente de San Julián, es probable que la calzada viniera también de la parte del Barco. Esto nos lleva a pensar que enlazara con la conocidísima calzada del Puerto del Pico, que era otra de las vías que llevaban a Mérida, capital de la provincia romana de Lusitania.

Se puede deducir claramente, por la estructura actual, que las viviendas de la calle tuvieron como punto de referencia la calzada, que ya entonces o poco después se convirtió en cordel de transhumancia, que más adelante, debido a su importancia, recibió el nombre de cañada real. Esta zona que desembocaba en el Valle del Jerte, camino de las dehesas de Extremadura, formaba parte de la Cañada Soriana Occidental,  que nace  en los Picos de Urbión, en su vertiente soriana y atraviesa Segovia y ávila hacia las cañadas de la Alta Extremadura y de La Plata.   

            Por otro lado, no podemos olvidar que por nuestro pueblo pasó el Emperador Carlos V, camino de Yuste, donde terminó sus días. Hay documentos que atestiguan su paso por nuestras tierras. Tres siglos más tarde pasó por aquí su descendiente el Rey Alfonso XII. Testigo, entre otros, mi abuelo Pepe. Pero no me entretengo en esto porque ya he hablado del Emperador y del Rey, y de su paso por nuestro pueblo, en mi artículo publicado en esta misma página sobre el Puente de los Recueros. Si alguno no lo ha leído o no recuerda su contenido, os remito a él para que entendáis las razones que asisten a los que pensamos que la Calle Real debe seguir llamándose así. Los nombres de las calles tienen todos una razón de ser y antes de cambiarlos conviene aportar argumentos de peso. En este caso se destruye una dimensión histórica que nos honra. Y la verdad sea dicha, no disponemos de muchos hechos históricos que puedan dar renombre a nuestro pueblo. No le quitemos eso poco que tiene y de lo que nos podemos enorgullecer. 

Creo que la "Asociación Cultural Fuente de la Hoyuela", debe hacerse portadora de estas inquietudes, preocupándose de someter a una crítica constructiva todo lo que pueda afectar  de alguna manera a la vida y a la historia de nuestro pueblo. Todos tenemos la obligación y la responsabilidad de velar por su dignidad, su orgullo y su presencia destacada en el concierto de los pueblos del Aravalle y más allá. No quepa duda de que cambiar arbitrariamente el nombre de un lugar, de una calle, si se hace sin más ni más, sin una razón de peso, se corre el riesgo de que se pierda la memoria histórica, la razón de ser de una denominación que cuando se aplicó a esa calle o a ese lugar, seguramente la tenía. Nuestros antepasados sabían lo que hacían. No pretendamos enmendarles la plana así por las buenas o porque se le ocurre a alguien que se cree tener autoridad para hacerlo. Las autoridades democráticamente elegidas, tienen un cometido esencial: conservar, administrar  y mejorar los bienes de la comunidad. Entre ellos están las tradiciones, la historia, la cultura, el ambiente... todo aquello que caracteriza a un pueblo y que le hace ser distinto de otro. Otra cosa es cambiar. Los cambios deben realizarse después de haber consultado, de haberse cerciorado oportunamente y de haber escuchado el parecer de los demás, analizando los pros y los contras de lo que se pretende hacer. La Calle Real debe seguir siendo Calle Real y no Calle de la Carretera, que no dice nada. Es sólo una tautología, una repetición de dos conceptos iguales, encima sin personalidad ni historia.




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